EN LOS NIDOS DE AMOR DE UN MOTEL
Posted: Wednesday, September 23rd, 2009 at 9:03PM.
Tagged: motel.nidos de amor.

Una reportera del PANORAMA trabajó durante cuatro días como camarera de un motel. Allí cumplió con 12 horas de jornada nocturna, sin descanso. Ésta es la historia de lo que hizo, vio y escuchó entre pasillos y paredes de aquel refugio de encuentros sexuales, la mayoría de ellos clandestinos.

La orquesta de gemidos que viene de las habitaciones se diluye entre la catarata de órdenes que me da Jorge, el supervisor: “Estás acalambrada, chama. Apúrate, la gente espera y la cama está arrugada, el lavamanos no está seco, empieza de nuevo y limpia todo. Muévete, porque en el Gardenia nadie duerme”.

Cae la noche del martes 11 de agosto, y yo estoy en el falso reino del amor que es el motel Gardenia, muy cerca de la avenida La Limpia, en el sector El Tránsito. Soy una más de las 18 camareras que trabaja 12 horas diarias —lavando baños, fregando corredores, tendiendo camas y recogiendo los desechos que deja la pasión de los clientes—, con la escasa esperanza de recibir el viernes un pequeño sobre amarillo con los 220 bolívares del pago semanal.

El sueldo de una camarera es el mismo en 46 de los 57 moteles ubicados en Maracaibo y en los otros 7 situados en San Francisco, Jesús Enrique Lossada y Santa Rita. En mi peregrinaje inicial en busca de trabajo toco las puertas, el primer día, martes 4 de agosto, de veinte de esos moteles de alta rotación —así los llaman—. Ahí queda mi hoja de vida, tras escuchar un repetido disco como respuesta: “No hay puesto, chama, estamos completos”, me dicen en El King, Sol Suite, La Montañita…

Al día siguiente continúo mi odisea y visito, cargada de optimismo y hojas de vidas, otros 31 moteles más. Hago paradas en El Venus, El Rosal, Las Vegas, Mogranca… Pero la historia se repite. En la mayoría sólo contratan hombres. No hay oportunidad para mujeres desempleadas. Pero sí abundan las promociones para los clientes: 50 bolos por cuatro horas. Pague 20% menos entre las 3:00 pm y 5:00 pm. Y hasta ofertas insólitas: “Te colocamos el columpio adicional gratis”.

Aterrizo en el casco central de Maracaibo, en la calle Carabobo. Estoy frente a una vieja casona pintada de blanco y azul. Hotel El Español, dice en el cartel colgado de uno de los ventanales. “Mija, éste no es un hotel normal. Aquí los hombres se toman alguito, mientras escogen entre las muchachas que llegan y enseguida pasan a las habitaciones. Ellas hacen el servicio completo”, me explica el administrador, mientras me lleva a la puerta. Desencantada recojo mi hoja de vida y me marcho.

Unas cuadras adelante, ubico el motel La Coruña. La dueña, una colombiana entrada en años, me ofrece Bs.F. 220 semanales y el desayuno. “Lo único que pido es el certificado de salud, porque a nuestros clientes no les gusta usar condones, no nos sirven las enfermas. Aquí las camareras prestan servicios sexuales”. Salgo de allí disparada.

Pasan los días hasta que una inesperada voz me rescata de la sensación de fracaso en la que estoy sumida. La tarde del 11 de agosto recibo una llamada de uno de los 53 moteles visitados: Me habla un hombre desde el Gardenia: “Chama, mañana debes presentarte a las 6:45 de la tarde para empezar a trabajar como camarera”. ¡Epa, lo logré!

Llego a la hora pautada, vestida con ropa deportiva y, tras escuchar las primeras instrucciones de Jorge, el supervisor, me siento como en un cuartel. Jorge es rígido, de estatura mediana, con la piel de boxeador, y unos cuarenta años de edad, cinco de ellos dando órdenes sin descanso en el Gardenia.

“A Jorge no se le pasa nada, no duerme, ni deja dormir, es muy eficiente, además sabe manejar el personal”, expresan sus superiores. “Es todo un tirano”, coinciden las camareras, hablando con sigilo. La necesidad las obliga.

El Gardenia tiene su propia historia. Años atrás, lo llamaban motel Las Latas, por sus habitaciones con techos de zinc. Pero la avalancha de amores fugaces con el sol del mediodía y de las pasiones atropelladas en las lucrativas jornadas nocturnas, con hasta 300 parejas por turno, le permiten ahora al dueño ofrecer 95 habitaciones —con cerca de cuatro metros cuadrados— con techos de placas y tejas, televisión por cable, y algunas con jacuzzi y otras comodidades.

Las habitaciones son clasificadas en cuatro categorías, distribuidas a la vez en cuatro pasillos. De entrada, están los cuartos del Manicomio, llamado así porque, según los empleados, “¡allí entran sólo locos!”, las parejas llegan a pie sin importarles que los vean, son los rincones más económicos pues sólo pagan 100 bolívares. Luego viene El Convento, donde la forma de sus ventanas se asemeja a las de un vitral de iglesia. Las parejas cancelan por un máximo de nueve horas 120 bolívares. El pasillo más grande conduce al Titanic, extraño nombre éste, como si el asunto terminara en tragedia, donde pagan 140. Por último está el sector VIP —very important people— donde las habitaciones valen Bs.F. 230 y cuentan con un jacuzzi.

La jornada empieza a las 7:00 de la noche. Llego media hora antes. Paso por la oficina del administrador, un lugar de unos tres metros cuadrados, un computador, un armario y muchos papeles sobre un escritorio de madera. Firmo la asistencia y el sujeto, con tono impositivo, me dice cuál es el pasillo que me toca asear y quién me va a dar las instrucciones iniciales. Subo a los baños de los empleados y me cambio. Me dan una chemise blanca percudida con el cuello rosado, herencia de otra empleada que recién dejó su puesto.

Dayana, una morena enamorada, que a sus treinta años ha probado ya la miel y el vinagre de tres matrimonios, que le dejaron tres hijos y tres despechos, es la encargada de entrenarme en apenas treinta minutos. Ahora ella sueña con un cuarto príncipe azul que aún no llega. Cuida de su mamá y su abuela que están enfermas, me cuenta.

Con paciencia cristiana, Dayana, me detalla cómo cumplir con mis obligaciones de camarera noche a noche, cómo atender a los pedidos de licores y refrescos que hacen los clientes y hasta la forma de saludarlos. De paso me enseña los trucos para no ser víctima de la guillotina de Jorge, el supervisor: “Según él, es un pecado mortal colocar las almohadas sin que se lea el nombre del motel”, me advierte.

“La Flaca”, otra de mis compañeras, encargada de todas las tareas de aseo en El Convento, y novia de un preso del retén, tercia en la conversación: “Como si los que vienen aquí van a ver si la cama tiene arrugas. Vienen a lo que vienen y ya. Pero para eso le pagan a él, para martirizarnos”.

Dayana remata sus sabios consejos para que yo pueda sobrevivir en el Gardenia. De verdad, aquí hay que ‘¡ponerse los patines!’. Siempre depende de cuántas habitaciones están desocupadas porque toca limpiarlas en diez, siete y, a veces, hasta en tres minutos”. Luego me hace otra observación, cargada de morbo: “Lo importante es que no estéis viendo por las ventanillas lo que hacen los clientes”.

Mi brújula es un monitor que se encuentra en el centro del pasillo. Al llegar cada tarde, lo primero que debo hacer es observarlo. En la pantalla veo 28 cuadritos, que representan cada una de las habitaciones. Tienen los colores de un semáforo: el rojo indica que están ocupadas, el amarillo que las debo limpiar y en qué tiempo, y el verde, cuáles están desocupadas y listas para que las parejas puedan ingresar.

El perfumador ambiental es una herramienta muy útil para mi trabajo, los cuartos se deben ver limpios y, sobre todo, oler a rico, me enseña de afán Dayana, mientras asea la habitación 131. “Ésta la voy a limpiar sola para que me veáis y después lo hacéis vos, debéis aprender del tiro. Aquí no da chance a nada, así que me prestáis atención. Cuando veáis la habitación en amarillo debéis correr al estante que está en el medio del pasillo, agarráis dos toallas, dos fundas, un esquinero y otra sábana, te pasáis al otro y recogéis dos jabones. Después arrastráis un balde y metéis un pañito, un desinfectante, perfume y un cepillo para la poceta”.

“Lo primero que tenéis que hacer es quitar las sábanas y recogéis todo, dependiendo del tiempo que tengáis, pasáis un pañito con desinfectante en las tapas de las pocetas y secáis el lavamanos, botáis los jabones usados y los cambiáis”.

Dayana, como si fuera un relámpago, cumple esta segunda inducción en un instante. Cuatro parejas abandonan una tras otra, como en un desfile, el lugar y me toca entrar en escena. “Bueno, ya vos viste cómo se hacen las cosas. Te tocan dos a vos y dos a mí. ¡Corré, chama!, ¡corré!”.

Gracias a mi vocación de reportera, embolsillo mis prejuicios y recojo los rastros de los fugaces encuentros de sexo sin usar guantes; condones, jabones usados, botellas de cervezas, papel higiénico tirado en el piso. Luego, en un soplo de tiempo, fiel al libreto recibido, hago el aseo, para correr enseguida a tocar el recuadro amarillo de esas dos habitaciones para que pasen a verde. Es una carrera contra el reloj, en la que me enfrento no sólo a Dayana, que gana la partida y arregla primero las dos habitaciones, sino a la inquisición que simboliza Jorge, el supervisor.

El cataclismo en el Gardenia empieza después de las 7:30 pm. Una avalancha de empleados de bancos y empresas cercanas, funcionarios de los tribunales, taxistas y conductores de carros por puesto empiezan a demandar nidos de amor para sus encuentros clandestinos de sexo.

La pantalla ubicada al centro del pasillo vuelve a titilar: Me indica que debo llevar dos cervezas a la 147, condones para la 135, hielo para la 129, desocuparon la 145… Y entre los gritos y gemidos, escucho a Jorge, implacable: “Apúrate, chama. Rápido, corré, corré que la gente espera”.

Jorge no para y me suelta otra regla de oro a seguir: “Nunca deben dejar una de las puertas del pasillo sin botón. Si un cliente llega abrirla o peor pasa al pasillo interno están botadas”.

Dayana, de inmediato, se excusa por no habérmelo advertido y me cuenta la historia de unos hombres que alquilaron una habitación y después entraron a robar. Su ambición se frustró gracias a las cámaras que, regadas por todas partes, los detectaron. Esas cámaras en los moteles son un secreto a voces. En algunos las colocan en la entrada de las instalaciones, en los pasillos, en los garajes. Pero, en otros, hasta en las habitaciones. No faltan, asegura el sexólogo Humberto Guanipa, quienes disfrutan siendo grabados en plena faena sexual. Les resulta excitante, explica el especialista. Para otros, la filmación se puede convertir en una pesadilla sin fin.

Los ojos guardianes de las cámaras de seguridad del Gardenia no fallan. En mi primera noche de camarera, entra un taxi con tres pasajeros. “Dejo dos pasajeros y ya salgo”, dice el conductor en la recepción. El vehículo ingresa a uno de los garajes para que la pareja suba y el chofer y su acompañante se marchen. Pero no. Todos entran al cuarto. Delatados en las pantallas que recogen las imágenes, Jorge tarda dos minutos en echarlos afuera.

Esa misma noche, una joven pareja ingresa a la habitación 147. Segundos después, Jorge les abre la puerta y le reclama al muchacho: “Aquí no se fuma marihuana, apaga lo que estás consumiendo”. El detector de incendio no se activa y ni a Dayana ni a mí que estábamos a un metro de la puerta de la habitación nos dio algún olor distinto. ¿Cómo sabe lo que están haciendo en la 147?, me pregunto.

A la medianoche, mientras limpio la poceta de la 129 escucho a unos amantes disfrutando de su encuentro en la 128, camino en las puntas de mis pies para no interrumpir y regreso al pasillo. Oigo entonces a otra pareja que comparte el baño de la 142 y planea cómo salir airosa del desafío que les espera en casa.

—Mi rey, yo no tengo rollo, porque Alberto está de guardia, pero a tu mujer nunca le llegas después de las 10:00 pm, ¿qué vas a decir?

—Vos tranquila. Te dejo en la línea de taxis, arranco para la casa y una cuadra antes me paro y me meto debajo del carro, me lleno de grasa y cuando entre y forme la ‘perrera’ grito: ¿Verga, encima que me quedé varao y que tuve que meterle mano al cacharro, ¿también váis a pelear?

A las 2:00 de la madrugada, llegan al pasillo dos de las mujeres que trabajan en las lavandería para surtir de sábanas los estantes y con voz bajita nos preguntan: “¿Cómo va la noche? ¿Jorge ha jodido mucho?”. No respondemos porque nos sorprenden los gemidos de una mujer. “A ésa que le pasa ¿será que quiere que la escuchen en el Puente?”, susurra Dayana y una de las lavanderas dice: “Ay mija, esos gritos son de mentira, apostemos a ver cuánto dura, pongo cinco bolívares a que son de mentira, seguro está con un viejo que le está pagando”.

Pasan unos minutos y los gemidos siguen. “Vos sois nueva y aquí todas sabemos que nadie dura tanto tiempo gimiendo. Ve que los gritos tan exagerados sólo están en las películas”, me dice la lavandera.

Movidas por la curiosidad, las lavanderas, aprovechando la ausencia de Jorge, que lleva su inquisición a otro pasillo, me invitan a caminar por los corredores del Titanic. En la ventanilla de la 142 escuchamos gritar a otro hombre. Una de mis compañeras se pregunta: “¿Mi alma, qué le están haciendo?”, mientras siguen los gemidos. Segundos después se calla y una voz más ronca, de macho, dice: “¿Papi, te gusto?”.

El volumen de los clientes continúa, a las 3:00 de la madrugada ya he hecho 42 servicios de limpieza. Estoy agotada. Camino hasta la silla de plástico de color verde y me siento, confiada en que el cansancio le pueda ganar a la incomodidad. Necesito dormir, aunque sea unos minutos. Apenas cabeceo llega Jorge a ordenar: “¡Apúrense, falta limpiar las escaleras , las salas, el área de personal y el pasillo!”.

Jorge, con su cara de ogro, Me habla del pasillo interno con puertas que dan acceso a las escaleras que unen cada estacionamiento con la habitación. Los clientes no saben de ese pasillo, pero mientras ellos gimen nosotros hacemos aseos en las escaleras.

Dayana, con cariño, se acerca y me explica lo que vamos a hacer: “Limpiáis vos las escaleras de las habitaciones del lado derecho y yo lampaceo las del izquierdo. Abrí la puerta, subís lampaceando y volvéis a cerrar la puerta, lo hacéis rápido y sin respirar, porque cualquier cliente puede salir al garaje a buscar su carro y si te ven metía allá creen que les váis a robar algo. Siempre te tratan mal”.

A las 5:00 de la madrugada, cuando pienso que por fin tendré unos minutos de tregua, Jorge ordena pulir las habitaciones desocupadas, que ya hemos limpiado. ¿Cómo que pulir las habitaciones si ya las limpié, qué le pasa?, reclamo obstinada. Dayana, con su paciencia cristiana, media: “Ahora debemos limpiar los espejos, barrer bien y pasarle un pañito a los marcos de madera, lo que no hacemos por rapidez al prestar el servicio”.

Entre las brumas de la madrugada, me pregunto cómo hacen Dayana, “La Flaca”, y todas ellas, para aguantar ese infierno. Las tratan mal, trabajan cuatro horas más de lo establecido, a veces cumplen doce horas continuas sin descansar, no hay hora de comida, ni prestaciones sociales. Y lo peor es que se exponen a cualquier enfermedad al ser obligadas a recoger condones, limpiar orinas y vómitos con las manos libres, sin guantes para ahorrar costos y sin zapatos para no hacer ruido al caminar entre las habitaciones. Ellas no reclaman nada. Son como esclavas urbanas resignadas a su suerte.

“Yo lo hago por mis tres hijos, sus papás no me pasan ni por el frente de la casa, no me dan un bolívar. Además, mi abuela necesita remedios”, me confiesa Dayana, mientras remoja en cloro los coletos.

La “película” se repite una y otra vez. Con mucha hambre, calor y sueño espero que en el monitor del computador del Titanic aparezca la frase “Turno Diurno” para partir. Mientras tanto, al filo de la madrugada, cuando reina un interludio de silencio en el Gardenia, busco cualquier rincón del pasillo para ocultarme de las cámaras y dormir cinco minutos.

Es una historia parecida a la de Maiquelis, otra camarera, apodada “La Tarabita”. La veo empujando una carretilla con un tobo con capacidad para 200 litros de agua, pero repleto de toallas, mientras grita: “¿Si no duermo me van a conseguir ahorcá con una toalla en la lavandería!”. “La Tarabita” es una morena recia, de 27 años. Sus compañeras dicen que no tiene pelos en la lengua. Es la rebelde del grupo. Se atreve a retar a Jorge. La apodan así porque limpia una habitación en menor tiempo que cualquiera de las 18 camareras y tiene sólo dos meses allí. A los ojos de Jorge y de los otros supervisores, la más responsable de todas las empleadas es una señora de unos 50 años, que completa más de tres meses. Ella es sordomuda y los jefes la llaman: “la empleada perfecta”.

Nos van rotando día a día. Una tarde, me asignan de nuevo al Titanic, como si se dieran cuentan que estoy a punto de naufragar. Conforme la noche avanza, los gemidos van plagando el ambiente oscuro del pasillo y mi trabajo es como el de una licuadora que no para. Cuartos que limpiar a la velocidad del rayo, pedidos y más pedidos en las ventanillas y la agobiante marcación directa del supervisor: “A los cliente no se les da agua filtrada. Llena la jarra con hielo, abre el grifo y échale agua hasta la mitad”.

En uno de esos fugaces momentos de diálogo, “La Flaca” me habla como si me revelara un secreto mayor: “Chama, te doy un dato. Todas las tardes un viejo que maneja un caro por puesto, llega con chamitas. Pide la 141 y cuando se va deja bolsas con sobras de comida de Mc Donald’s. Siempre he soñado con ir allá y comprar una hamburguesa que tenga pollo, aunque con cuatro muchachos me queda algo arrecho. Algún día lo haré”.

“La Flaca” anda en lo cierto. Me doy cuenta que el chofer de tráfico ocupa, al menos cuatro horas diarias, la habitación 141. No le gusta otra. Arreglo el cuarto y consigo los sobras de hamburguesas que mis compañeras me encargan guardarles, como si se tratara de un tesoro. En la mesa de noche, a un lado de la cama, me encuentro un ganchito de cabello que parece de colegiala.

La precaución, en los tiempos del sida no les importar a los amantes marabinos. Llevo mi registro y me doy cuenta que sólo en tres de cada diez habitaciones se consiguen preservativos usados o, al menos, sus envolturas. Las preocupaciones de Jorge, el supervisor, son otras: “No le coloques las sábanas así porque también se van a mojar, toca el colchón y si está húmedo lo volteas y cuando te toque volver a limpiar esta habitación lo vuelves a voltear. Tal vez pase un rato y ya no esté tan emparamado”.

Mis cuentas me dicen que durante cada jornada de 12 horas (720 minutos) limpio las 20 habitaciones del pasillo asignado, hasta cinco veces cada una, sumando unos 500 minutos. Otros veinte, limpiando las escaleras. Y la misma cifra para asear el área del personal, unos 15 minutos adicionales coleteando el pasillo. Los otros 155 minutos restantes los dedico a atender pedidos de bebidas de los clientes y a escoger desperdicios. En mis cuatro noches como camarera descanso no más de 10 minutos por turno. Siempre a escondidas de Jorge, el supervisor.

El hambre, el calor y el cansancio de la madrugada del 15 de agosto son superados por la repulsión de sentir la planta de mis pies en el piso húmedo y con olor a baño de bar de mala muerte. Yo intento asear el borde de una poceta con el mismo pañito con el que limpio mesas y jarras, esta vez empapado de perfume para disimular la mala puntería de un cliente.

En mi última noche como camarera en estos “nidos de amor”, a tres horas de huir de aquel infierno para siempre, me preguntó: ¿Qué más puede pasar?

Y sí pasa. Titila el monitor y Dayana dice: “¡Corré a la 313 que yo voy a la 147, tenemos cinco minutos!”. Entro y observo el desastre que dejó un dulce encuentro. Los pisos, el colchón e, inexplicablemente, el espejo están repletos de leche condensada y chocolate. ¡Dayana, auxilio! ¡No podré con ésto!. Ella viene ayudarme y Jorge aparece para regañarnos: “No veo ninguna habitación en verde”. Limpiamos en 10 minutos aquella dulcería y dejamos listo el cuarto, ahora con olor a frutas tropicales, para nuevos amantes.

Cuando la madrugada se nos viene encima, bajo al lobby a buscar agua filtrada y me tropiezo con varios hombres vestidos de negro con chapas del Ministerio Público. Regreso al pasillo y pregunto: “¿Qué hacen esos hombres aquí? “La Tarabita” me responde: “Mija, son guardaespaldas de uno de los jueces del Zulia. ¿Qué creeís, que esos hombres importantes van con sus amantes a un hotel cinco estrellas? No mija, ellos vienen a moteles”. Empieza a contar historias de políticos y artistas que también visitan el Gardenia. Pero el titilar de la pantalla nos interrumpe. Dos habitaciones aparecen en zona amarilla. “¡Dale, una y una !”, dice Dayana. Abro la puerta de la habitación, veo las sábanas y las toallas mojadas en el piso. De repente, mi personaje de camarera sumisa se cuartea cuando siento en mis pies descalzos un líquido frío. Un olor nauseabundo golpea mi nariz y estómago. ¡Dios estoy parada encima de un vómito! Lo único que falta es que Jorge aparezca, pienso. Y, en efecto, llega a dar órdenes: “Rápido, los cliente esperan, límpialo con un pañito, échale bastante desinfectante, apura. Cuando Dayana termine que te ayude”.

Recojo, como puedo, aquello, con un retazo de toalla vieja limpio y Dayana, generosa, cambia las sábanas. Al terminar rociamos con un ambientador con olor a frutas y pulsamos la luz verde para que otra pareja disfrute en la 139.

No puedo más. “Para mañana no cuenten conmigo, tengo mucho dolor de espalda”, me excuso esa madrugada del 15 de agosto. El administrador del motel sonríe y me contesta muy fresco: “Tranquila, chama, aquí siempre viene gente que sí quiere trabajar”.

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